Buen Punto…


De Biella a Barcelona (parte II)
noviembre 20, 2008, 6:07 am
Filed under: General | Etiquetas: , , , , , , ,

De cómo empezó la odisea, un lugar caótico y otros hermosos…

Qué noche de perros esa. Llegué a la sala de estar de Cittadellarte, donde estaban algunos de los residentes, los que saldrían de viaje más tarde o no viajarían. Todos ya sabían lo que me había sucedido.  No sabían ni qué decirme… me miraban, con tristeza e indignación inocultables, golpeándome la espalda, sin decir nada. Hannah llegó con un par de cervezas para mí, “to cheer me up”, Sarah había comprado maíz en lata en el supermercado… unos días antes le había dicho en Esselunga que me gustaba mucho el sabor del maíz dulce. Fueron muy prudentes todos. No preguntaron, no hablaban del tema. Sabían que lo último en el mundo de lo que quería hablar era de aquel viaje fallido, aunque tampoco hubiera nada diferente de eso que pasara por mi cabeza.

Subí temprano a mi habitación, cosa rara. Dormí poco. Cuando ya estaba profundo, no sé durante cuánto tiempo, llegan a tocarme la puerta. Era Beatrice: – ¿Qué decidiste? Tu tren sale en 40 minutos -. Ya eran las 11 de la mañana. – Tienes que decidir ya, porque si no, no alcanzas -. – ¿Tengo tiempo de darme una ducha? -. –Sí, yo te llevo a la estación.
Salí de la ducha. Una vez más, la puerta. Era Yulia, una residente ucraniana. Se notaba que había subido las escalas rápidamente: estaba agitada, tenía la cara con un sutil sudor que brillaba sobre sus cejas y labios, y la tez más blanca de lo normal. – Daniel, por favor no lo hagas. Yo tengo amigos que han viajado sin documentos en tren, y una vez los coge la policía, pierden toda oportunidad de visa europea. Daniel, ellos hacen revisiones constantemente, no te arriesgues, no cierres tus puertas a Europa con tan solo la primera vez que se te abren -. La incertidumbre se volvió a apoderar de mí. Las cosas que podían pasar eran muchas, así otras personas me hubieran dicho que lo máximo sería que no me dejan llegar a mi destino y me devuelven para Italia… o para Colombia.

La decisión ya estaba tomada. No había vuelta de hoja. Me iba. Corría el riesgo. Le agradecí sinceramente a Yulia su preocupación, le dije que era algo que ya había decidido y que estaba dispuesto a correr el riesgo. Bajé, tomé mi equipaje que había dejado en la sala por el tedio de subirlo (y también por lo que simbólicamente acarreaba devolverlo a mi habitación), y me encontré con Beatrice en el parqueadero. Ella tiene uno de esos carritos chiquiticos, que no había visto en Colombia pero que en Italia, por causa de la casi imposibilidad de encontrar un lugar para parquear, estaban altamente en boga. En el camino, no hizo más que sonreírme, tranquilizarme, darme buena energía: – Cuando estés asoleándote en la Costa Brava me llamas -. Yo tenía un susto impresionante. Pero estaba contento. Sonreía porque era la primera aventura de mi vida, cuya tranquilidad hasta ese momento había rozado los bordes del tedio.

– Bueno, tienes el primer tren hasta Ventimiglia. Te tienes que pasar en Torino. Desde allá, haces el tiquete hasta Girona, porque desde acá no me dejaron hacer el tiquete internacional. Haces un tiquete que te lleva durante toda la noche hasta Montpellier, y de allí, mañana en la mañana, derechito para Girona, llegas al mediodía -. Yo apenas me estaba acostumbrando al sistema de trenes europeo… “tren a Torino, vía Santhià”, “tren a Ventimiglia vía Torino”, “tren a Girona vía Santhià, Torino, Ventimiglia, Niza, Port Bou y Figueres”. Un caos.

Suspiré, la abracé y la bendije, le agradecí, y tomé el primer tren: Biella – Santhià – Torino – Ventimiglia. Me había llevado un libro, ya ni recuerdo cuál. Édgar, el esposo de mi prima, me había dicho que su hermano había hecho lo mismo de viajar sin documentos, pero de Girona a una ciudad Alemana, y que con un libro en las manos no le pidieron nunca su pasaporte… ni siquiera el tiquete del tren. No leí mucho, qué va, pero ese libro siempre estuvo abierto enfrente de mí. Beatrice me había ya comprado yogurts, briosches, queso, jamón y agua, porque no había desayunado nada.

Esos trenes ni los sentí. Ya estaba en el que iba de Torino a Ventimiglia: el último antes de cruzar una frontera. Hasta ese momento, yo no estaba haciendo nada fuera de regla.  Ventimiglia es una ciudad relativamente pequeña, cerca de Genova, en la que se habla mucho francés además del italiano, por la cercanía a la frontera entre estos dos países. Sus paisajes son los mismos que la literatura cuenta del sur de Francia: montañas escarpadas, diminutas aglomeraciones de casas en lugares aparentemente imposibles de habitar, hondonadas inverosímiles y muchos túneles para los trenes. Cuando íbamos hacia allá, una señora que no hablaba sino francés me estaba pidiendo indicaciones… casi no doy con explicarle, hasta que recordé que alguien había dicho que hablar italiano con acento francés bastaba. Eso hice, y parece que funcionó, aunque no estoy de acuerdo con balbucear un idioma sin conocerlo, irrespetándolo. Al final la señora se pasó una estación, pero no fue por mi culpa.

Llegando a Ventimiglia
Llegué a Ventimiglia. Ahora la memoria empieza a fallarme… no recuerdo qué fue lo que pasó que no pude hacer el tiquete directo hasta Girona. El caso es que tenía que llegar a Niza, y allí hacer el tiquete para suelos catalanes. Tenía un par de horas antes de que saliera el tren para Francia, así que salí a conocer Ventimiglia, con tanto pavor por cometer un error y perder el tren, que no me alejé más de una cuadra. Pero fue suficiente. Al frente de la estación había una fuente sencillísima, pero el sol que presagiaba el verano de las costas al sur, le daba un brillo alucinante. Me sentía ya en Francia. Las facciones de los habitantes me daban esa sensación, como también lo hacían sus palabras. Estaba contento. Tranquilo, sobre todo. No sé por qué, pero así era. Me empezaba a dar cuenta de que los largos momentos de soledad generan un autoconocimiento increíble, me sentía contento en mi propia compañía, confiaba en mí mismo.

Me comí una hamburguesa, creo, y luego un helado. Incluso en la más lejana frontera italiana parece que sus helados son ambrosía. Me han hecho un daño inmenso, porque no podré jamás disfrutar de las delicias de un helado en otro lugar que no sea Italia. Volví a la estación como media hora antes de que saliera el tren, y esperé a que llegara. Cuando me monté, vi que era uno de esos de dos pisos, larguísimo, le cabía mucha gente. Tomé asiento, y esperé. Llegó la hora de partida, y nada. Ese tren petrificado. Diez minutos, y nada. Quince minutos, y llegó otro tren. Casi todos sus pasajeros, por mentir diciendo que la totalidad, se pasaron para el tren en el que yo estaba. No le cabía un alma a esas carrozas, que personificaron los tarritos de salchichas vienesas. Unos encima de otros, gentes de todos los colores, una torre de Babel en horizontal.

Foto durante el viaje. No era momento de salida o entrada.

Foto durante el viaje. No era momento de salida o entrada.

Arrancó ese aparato, y no fue mucho lo que pasó hasta semejante aparición: la Costa Azul. Yo estaba esperando ver el mar hasta llegar a Girona, en alguna de las playas de la Costa Brava, o en Barcelona; nunca me imaginé ver desde tan cerca esas aguas que ya había sobrevolado cuando iba de Madrid a Milano. Ahí sí que fui feliz. Un azul imposible, un cielo límpido, un sol que no quemaba pero que le daba al ambiente un toque anaranjado hermoso. Todo esto, disfrutado sólo desde lo que podía verse por la ventana del tren y los centenares de cuerpos que se atravesaban entre mis ojos y el exterior.

Llegué a Niza. Desde ese momento en adelante sé cuál es la personificación del caos. La estación de Niza estaba increíblemente atiborrada de gente, de ruidos, de olores, de movimiento, de gente corriendo, de información, de desinformación. Y yo, ni pisca de susto. No sé qué se hizo, pero no tenía más el miedo del principio. Ya había pasado la primera de dos fronteras que tenía que pasar. Ahora lo que tenía que comprar era el tiquete para llegar a Girona.

Bueno, hay que retomar lo de los horarios: salí de Biella como a las 11 de la mañana del viernes. A las 5 o 6 ya estaba en Ventimiglia, y a las 8 en Niza, todavía con un solazo hermoso. El tren salía de Niza a Montpellier a las 9 (creo), y no parecía haber modo de comprar el tiquete antes de una hora. Con lo tranquilo que estaba, y viendo que todo estaba saliendo bien, hasta ese momento, decidí que no había más que esperar que el destino siguiera mostrándome el camino. Siguiente paso, averiguar si se podía hacer algo que no fuera la fila, por el hecho de que el tren se fuera a ir: negativo. Segundo paso, hacer la fila como todos los cristianos.

Pasaron las 8:30, las 8:45, las 9:00, se fue el tren. Detrás de mí había una muchacha, creo que italiana. Era la última persona que el policía había dejado hacer la fila, porque luego cerraban las taquillas. Como que lo único que hacía falta era que se fuera mi tren, para que de la fila quilométrica pasara yo a ser el siguiente. –Un tiquete para Girona, España, por favor-. –Joven, el próximo es para mañana a las seis de la mañana-. –No importa-.

Salí de la estación. Ya estaba oscureciendo, como cuando en Medellín son las 6:15. Pero, ¿qué había acabado de hacer? Había decidido pasar la noche en Niza.

Anuncios