Buen Punto…


De la Feria de las Flores y Santa Elena
Foto tomada de Flickr CC. Autor: Raúl Egúsquiza

Foto tomada de Flickr CC. Autor: Raúl Egúsquiza

Nunca he visitado Santa Elena durante la Feria de las Flores. Dicen que es un destino inevitable dado que es allí donde se diseñan las silletas que luego recorren ese espacio a pié (que luego de recorrerlo en carro me parece inhumano), para luego desfilar por las calles de la coqueta Medellín.

Las personas con que había hablado afirmaban haber visitado este corregimiento al oriente de Medellín la víspera del Desfile de Silleteros, que la fiesta era increíble, que la amabilidad de los habitantes del pueblo era incondicional, que las calles se inundaban de gente contenta y curiosa por el arte de crear esculturas con flores, y que cada año la cantidad de visitantes se incrementaba exponencialmente.

Hace un par de días estuve en Santa Elena, por motivos laborales, durante gran parte de la jornada. En efecto, la carretera es custodiada por campos florales y paredes arbóreas con motes coloridos. Las flores son protagonistas tanto de la economía de Santa Elena como del diario vivir.

Hablando con un señor, a quien llamaremos “Don Carlos”, me di cuenta de varias cosas que no me imaginé antes. Él no vive en Santa Elena, pero pasa allí casi toda su vida. Vive en San Antonio de Prado (sí, precisamente en el corregimiento al otro polo de Medellín) y se tiene que levantar a las cuatro de la mañana, esperando demorarse menos de las tres horas corrientes de recorrido que se pronostica, y la travesía se repite en la tarde-noche, todos los días.

Puse el tema de la Feria de las Flores, diciendo que me avergonzaba de no haber visitado Santa Elena durante esos días. Don Carlos me miró con una cara entre aguantándose la risa y abochornándose a la vez, y me dijo, “no le dé pena, joven… no se pierde de nada”.

Obviamente quien se abochornó en ese momento fui yo, y le pregunté por qué. “En Santa Elena no es que disfrutemos mucho la visita que nos hacen cada año, por los días de la Feria”, me dijo. “Mire, muchacho, ese montón de gente lo único que hace es venir a emborracharse, volver las calles una nada, molestar a los artesanos, y luego se vuelven a ir, dejando el parque, las calles y toda Santa Elena vuelta un chiquero”.

Es claro que todo evento multitudinario acarrea un impacto en el ambiente que lo hospeda, pero ingenuamente yo no había pensado en ese aspecto, y como todos se asombran de la amabilidad del pueblo de aquel corregimiento, supuse que se debía a la “alegría de recibir un visitante”.

“Nooo muchacho, acá somos muy amables pero es porque no nos gusta quedar mal con la gente. Pero imagínese… los artesanos trasnochan toda la semana haciendo las silletas, para que luego venga un montón de gente a molestarlos justo en los últimos momentos, cuando están terminando de construirlas. Esa semana es tremenda”, remató don Carlos.

Foto tomada de Flickr CC. Autor: Raúl Egúsquiza

Foto tomada de Flickr CC. Autor: Raúl Egúsquiza

Yo me considero orgullosamente paisa, antioqueño, y mitad envigadeño y medellinense. Y creo que eventos del tipo de la Feria de las Flores sirve para reforzar nuestra identidad antioqueña. Lo que me entristece es que precisamente se refuerce el prototipo del paisa bebedor, conchudo y charlatán, no sólo con esto que encontré en Santa Elena, sino también, y mucho más triste aún, con los atropellos que a los animales se da durante la cabalgata.

No sé si vaya a ir a Santa Elena en la próxima Feria de las Flores; pero al menos don Carlos ya se compró una casita en esas tierras, de las que se enamoró trabajando, y se va a ahorrar seis horas de viaje diario, y va a disfrutar de los paisajes y el clima templado del corregimiento.

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