Buen Punto…


“Las tortugas pueden volar”: los protagonistas reales de la guerra
Poster de la pelicula

Poster de la película

Por éstos días de desocupe y ocio obligados (léase desempleo), una buena opción es desatrasarse en lo que sea. Para mi caso, desastroso es el retardo en libros, y calamitoso el de cine. Decidí alquilar algunas películas para menguar (o al menos intentarlo) mi total anacronía cinematográfica, y me encontré con un buen film: Las Tortugas Pueden Volar.

Bahman Ghobadi, su escritor, director y productor, cambia los papeles protag√≥nicos de la ‚Äúguerra‚ÄĚ en Irak, poniendo en primer lugar al pueblo iraqu√≠ (en √©ste caso los ni√Īos de un peque√Īo poblado del Kurdist√°n iraqu√≠, cerca de la frontera entre Ir√°n y Turqu√≠a), y como personajes secundarios a los dictadores/fascistas de turno (como el mismo director los llama) en Estados Unidos e Irak, Bush y Hussein.

Un pueblo que ans√≠a informaci√≥n sobre el desenvolvimiento de esta mal llamada ‚Äúguerra‚ÄĚ, encuentra en un ni√Īo el mejor gestor al negociar una antena parab√≥lica para ver los noticieros. Sin embargo, no es este medio el que les permite enterarse en un modo fehaciente de lo que ocurrir√°‚Ķ en lugar de la tecnolog√≠a, un don arcano, casi m√≠stico, es el que provee la preciada informaci√≥n sobre lo que saben que pasar√°, pero no cu√°ndo ser√°.

Un acercamiento a los primeros días de la invasión estadounidense en Irak, se convierten en la excusa perfecta para que Ghobadi muestre al mundo el suplicio de las desapariciones, las minas antipersonas, los mutilados, las agresiones sexuales y otras secuelas intrínsecas a toda guerra.

Con una fotograf√≠a sobria, nada espectacular, empero encantadora, Shahram Assadi (director de fotograf√≠a) retrata los paisajes fronterizos entre Irak, Ir√°n y Turqu√≠a. Adem√°s, Las Tortugas Pueden Volar es una muestra m√°s de lo que ya V√≠ctor Gaviria nos ha hecho reconocer como los ‚Äúactores naturales, puesto que todos los ni√Īos que participan en √©ste largometraje no son profesionales, sino oriundos de la zona en que se desenvuelve la historia.

Si no tanto por su calidad t√©cnica, por su capacidad ilustrativa recomiendo Las Tortugas Pueden Volar (traducida tambi√©n como ‚ÄúLas Tortugas tambi√©n vuelan‚ÄĚ), un largometraje hecho con las u√Īas en tiempos y tierras de guerra.

PS: A quienes la hayan visto o la vean luego de mi recomendaci√≥n, una pregunta: ¬Ņentienden el t√≠tulo? Mi hermanita dice que en un momento el ni√Īo protagonista llama al pueblo ‚Äúsus tortugas‚ÄĚ. No estoy seguro. Tambi√©n he escuchado que es por el parecido entre la forma de las minas y las tortugas.

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De Biella a Barcelona (parte III)
enero 5, 2009, 6:39 am
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De la desventura a la aventura…

(Parte I), (Parte II)

Eran algo as√≠ como las 9:30, o 10, no estoy seguro. Ten√≠a una maleta de estas con rueditas, a ella amarrado un sleeping que Beatrice me hab√≠a dado asegur√°ndome que me ser√≠a √ļtil en alg√ļn momento, una bolsita blanca con la comida que tambi√©n Beatrice me hab√≠a empacado (casi toda intacta), amarrado a m√≠ un busito por si las moscas, y a mis espaldas una ri√Īonera peque√Īa. Saliendo de la estaci√≥n de Niza, pregunt√© al mismo polic√≠a que hab√≠a cerrado la fila si sab√≠a una zona en la que pudiera encontrar un hostal. Al parecer sab√≠a tanto como yo.

Crucé la calle de enfrente a la estación. El aspecto de los negocios no era el mejor… se asimilaba a lo que podría uno ver en el Parque de San Antonio de Medellín a las 8 de la noche de un viernes: algo de borrachos; mujeres con faldas muy altas; luces de neón rojas, verdes y azules avisando bares, discotecas y moteles; y una peculiar abundancia de jóvenes de raza negra. Ahora el sustico que me invadía no era causado por el temor a la ley, sino a todo lo contrario. Me persigné y bajé por unas escalas llenas de grafitis, que daban a una vía aparentemente pululada por hoteles. Crucé varios corros de los jóvenes que ya mencioné, sin mirar a nadie, y llegué a una calle larguísima, llena de hoteles a lado y lado de la calle.

Era Niza. Tampoco pod√≠a dar la ganga, no es que tuviera una millonada para pasar solo una noche‚Ķ adem√°s era una noche en la que lo √ļnico que quer√≠a era ducharme, dormir, y no despertarme tarde para el tren que saldr√≠a a las 6 am. Pregunt√© en unos 4 o cinco, ‚Äėfull‚Äô o ‚Äėcomplet‚Äô eran las respuestas siempre. En otros ni entraba, ya en la puerta ten√≠an un aviso con esas mismas palabras. Segu√≠ por la misma calle, y vi al otro lado de la acera una muchacha que, aparentemente, pasaba por la misma situaci√≥n que yo. No sab√≠a si acerc√°rmele. Primero, no √≠bamos a solucionar nuestras situaciones; segundo, de pronto se asustaba.

De todos modos cruc√© la calle y, muy casualmente, le dije que parec√≠a que estuvi√©ramos en las mismas. Ella me sonri√≥, con esos dientes blancos alucinantes de la raza negra, y me propuso seguir buscando juntos. No recuerdo si era francesa y viv√≠a en Estados Unidos o viceversa‚Ķ el caso es que le hab√≠a sucedido lo mismo que a m√≠ en la estaci√≥n, pero ella viajaba en avi√≥n la ma√Īana siguiente, en vez de tren. El ritual de averiguar hoteles se volvi√≥ accesorio, siempre dec√≠an lo mismo, as√≠ que nos dedicamos a charlar mientras camin√°bamos, arrastrando los equipajes.

Otra vez el miedo se hab√≠a ido‚Ķ otra vez. Ahora estaba simplemente disfrutando de la compa√Ī√≠a de una desconocida. La b√ļsqueda se alarg√≥ durante unos 40 o 50 minutos m√°s (aunque, como ya dije, mi concepci√≥n del tiempo estaba totalmente ‚Äėpatas-arriba‚Äô). Como a las 10:30 u 11, ella dijo que m√°s bien ir√≠a a buscar d√≥nde pasar la noche cerca del aeropuerto. Averiguamos d√≥nde tomaba el bus hacia all√°, la acompa√Ī√© hasta el paradero, a los cinco minutos pas√≥ el bus, ella subi√≥, sonre√≠mos y saludamos con las manos, y se fue. No recuerdo ni su nombre.

Yo me gir√© y empec√© a caminar hacia la calle que hab√≠a identificado como la principal. Me detuve en la esquina, a pensar. Era una locura. Al menos para m√≠. De la nada me re√≠, creo que alguien pas√≥ y me observ√≥ como si estuviera loco. Ah, estaba contento, no s√© por qu√©. Deber√≠a estar angustiado por la total incertidumbre que me rodeaba, pero ver semejante ciudad me hac√≠a feliz, s√≥lo verla. Ya algunos de los que nos hab√≠an atendido en los hoteles nos dec√≠an que en la playa se pod√≠a dormir, si se ten√≠a c√≥mo, poniendo cuidado de no ‚Äėdar papaya‚Äô a los ladrones. Como que ese era mi destino pr√≥ximo: la playa.

Calle de Niza

Una vez unido a la marea de gente que se desplazaba en ambas direcciones de esa calle, me deten√≠a cada cuadra, m√°s o menos, a ver cu√°l era el motivo de cada corro. A ratos eran m√ļsicos. Recuerdo unos bolivianos. Tambi√©n hab√≠a algo de teatro al aire libre, un pintor casual o simplemente una fuente o parque bonitos, que a la gente daban ganas de detener sus caminatas tur√≠sticas, orearse y ver pasar gente. Precisamente en una de esas plazas, una especialmente grande y bonita, iba yo caminando y de repente, as√≠ de la nada, un dedo me golpea el hombro, ‚ÄúHola‚ÄĚ.

La verdad en √©ste momento no recuerdo mucho de qu√© hablamos‚Ķ era Paula, una chica argentina. Lo que s√≠ recuerdo que le pregunt√© fue c√≥mo hab√≠a hecho para saber que yo hablaba espa√Īol, pero en ese momento la conversaci√≥n gir√≥ y no recuerdo la respuesta. Recuerdo que me dijo algo as√≠ como, ‚Äúveo que estamos en la misma situaci√≥n, y creo que ser√≠a mejor si la pasamos juntos en vez que cada uno por su lado‚ÄĚ. En este momento sigo agradeci√©ndoles a Dios y a Paula ese coraje que tuvo de hablarle a un desconocido y proponerle compa√Ī√≠a por una noche. Decidimos, primero que todo, que como seguramente no tendr√≠amos un hotel, pues nos gastar√≠amos parte de lo que ten√≠amos destinado para √©stos efectos en una buena cena.

Así lo hicimos. Cenamos en un bello pero sobrio restaurante de ésta calle, siempre la principal, y nos contamos nuestras vidas. Casualmente ella estaba haciendo prácticamente la ruta inversa: venía de Barcelona y se dirigía hacia Milán. Había ahorrado para darse éste paseo, el primero de esas magnitudes que hacía en su vida. Luego por Facebook vi que pasó también por París y otras ciudades que yo no alcancé a ver, el de ella era un tipo de viaje en el que sólo puede pasar uno o dos días en una ciudad, y luego moverse para llegar a la siguiente en la lista.

Luego de esa frugal pero exquisita cena, decidimos que la pasar√≠amos cerca de la playa. Nos encaminamos hacia all√°, no sin tomarnos varias fotos t√≠picas tur√≠sticas en los lugares que nos atra√≠an de la ruta. Qu√© ciudad. A√ļn ahora, luego de haber conocido otras ciudades de Italia y Barcelona en Espa√Īa, estoy convencido de que Niza es mi primer prop√≥sito tur√≠stico. Llegamos a la playa. A√ļn cuando era la medianoche o algo cercano, la playa estaba llena de gente. Un grupo de unos 15 j√≥venes bromeaban alrededor del que ten√≠a una guitarra y cantaba cada tanto, otro grupo caminaba ri√©ndose, muchas parejas pasaban cogidas de la mano, un par de canchas de volibol se turnaban grupos improvisados en un campeonato igualmente espont√°neo, y la c√°lida brisa tra√≠a no s√≥lo el salitre sino el rumor de los bares que daban la cara √©sta playa de la Costa Azul.

No hubo guia turistico, desconozco completamente el nombre de √©ste lugar... pero parecia un pesebre esculpido en la falda de la monta√Īa.

No hubo gu√≠a tur√≠stico, desconozco completamente el nombre de √©ste lugar... pero parec√≠a un pesebre esculpido en la falda de la monta√Īa.

Nos tomamos un par de cocteles en uno de estos bares, y continuamos nuestra interminable conversación.

Como a las tres o cuatro de la ma√Īana, no lo tengo claro, empezaba a enfriar un poco y nos echamos encima la bolsa de dormir que Beatrice me asegur√≥ servir√≠a en alg√ļn momento. Yo no ten√≠a sue√Īo. Ni pizca. Deber√≠a estar ca√≠do del sue√Īo, hab√≠a dormido unas cuantas horas en las √ļltimas 36. En fin, el ver el grupo de j√≥venes que jugaba volibol, con sus gritos, risas, ca√≠das y aplausos me dio unas ganas tremendas de jugar. Me levant√©, le dije a Paula que quer√≠a pero me apenaba, ella me encoraj√≥, y fui a pedirles lugar en el juego. Fue dif√≠cil comunicarme con ellos, porque pocos hablaban ingl√©s, espa√Īol o italiano. Pero entre el ingl√©s torpe de ellos y el poco espa√Īol que conoc√≠a uno, cuyo padre hab√≠a visitado un par de veces Bogot√°, me entendieron y sin problemas me acogieron en su ‚Äúequipo‚ÄĚ.

Casi ni toqu√© ese bal√≥n. Sin embargo, creo que ganamos, pero ya como que el torneo hab√≠a dejado de ser divertido y empezaron a jugar f√ļtbol. Estuve un rato m√°s, y luego me dio pereza: m√°s all√° de que fueron bien amables, sent√≠a que entre ellos hab√≠a ya confianza y yo era el desconocido, y me desped√≠. Con sonrisas y apret√≥n de manos este grupo de j√≥venes franceses (varios negros, el blanco cuyo padre hab√≠a visitado Colombia, una chica con aires indios, todos entre los 17 y los 20 a√Īos, calculo) me saludaron. Jugar volibol en las playas de Niza a las tres de la ma√Īana‚Ķ no s√© si sea algo que se haga com√ļnmente.

El resto del tiempo con Paula pas√≥ r√°pidamente. Faltaban s√≥lo dos horas para mi tren, una de las cuales la pasamos intentando dormir un poco. Yo no pude. Vel√© lo poco que creo que ella alcanz√≥ a dormir. A las cinco nos levantamos y nos encaminamos hacia la estaci√≥n. El camino de vuelta parec√≠a bastante m√°s largo que el de ida‚Ķ al fin y al cabo ya no era tan divertido ver las mismas calles, ahora desiertas, s√≥lo con pocos grupos de borrachos que hablaban en lenguas a√ļn m√°s incomprensibles de lo que habr√≠an sido en sano juicio.

Llegamos a la estaci√≥n. 5:40 a.m., creo, no recuerdo muy bien. Identificamos por casualidad un grupo de portugueses que tambi√©n se dirig√≠an hacia Barcelona, que por fuerza tendr√≠an que hacer los mismos cambios de trenes que yo, as√≠ que nos contactamos. El tren ya estaba esperando. Intercambio de contactos en Facebook, correos electr√≥nicos, abrazos y muy buenas energ√≠as: ‚ÄúChao Pau, un placer gigantesco‚Ķ gracias por haberme hablado‚ÄĚ.