Buen Punto…


Una campaña admirable por la dignidad humana
noviembre 28, 2008, 3:12 am
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Hace ya varios meses, a principios de éste año y finales del anterior, estuve realizando mi trabajo de grado con un grupo de jóvenes en una zona inverosímil de la ciudad. La Loma es una vereda del corregimiento de San Cristóbal, encaramada en las montañas que rodean a Medellín por el occidente. Con la timidez normal de quien se enfrenta a un grupo de desconocidos, llegué a trabajar con éste grupo ya conformado de jóvenes cacharreros y apasionados por la tecnología, la información y los movimientos sociales.

ConVerGentes es un grupo sui generis. Dejando a un lado la descripción de lo que con la información hacen, que ya puede encontrarse reiteradamente en la web (como lo hacen Catalina, Deneiber, Carmen o Gabriel), hoy hago referencia al sentido de altruismo y entrega sin igual y admirable que demuestran. La historia de Suso ha sido fiel y románticamente relatada por este grupo juvenil, además de haber sido objeto de conmoción en el universo blogueril mundial gracias a la propagación de dicha historia (como se puede ver aquí, aquí, aquí o aquí). La resumiré, muy escuetamente, para quienes no hayan escuchado antes de “Suso Mugre”.

Algunas vistas de la casa de Suso. Gabriel Vanegas me guiaba.

Algunas vistas de la casa de Suso. Gabriel Vanegas me guiaba.

Este personaje, un anciano reciclador habitante de La Loma, tuvo como padres a los donadores de los terrenos en los que hoy se encuentran el colegio y la Biblioteca Pública Piloto de La Loma, epicentros de la cultura y el conocimiento en este pequeño poblado. Sin embargo su noble ascendencia, Suso se encontraba hasta hace poco sufriendo las inclemencias del tiempo debido a que su casa se estaba, literalmente, cayendo por pedazos.

Hace unos meses los ConVerGentes se apoderaron de ésta causa, y con sancochos, rifas, colectas y demás expresiones fieles de la berraquera y el rebusque paisas, el 6 de febrero de 2007 lograron juntar para la demolición de la casa amenazante, y la planeación de una nueva, más pequeña pero más segura. Esa era una primera fase. El infortunio llegó cuando se dieron cuenta de que un familiar, desconocido hasta el momento, estaba reclamando la pertenencia de los terrenos en los que se planeaba la construcción de la nueva casa de Suso Mugre. Todo parecía irse al suelo.

Sin embargo, éste inconveniente legal pudo ser sorteado. No lo sé. Espero que así haya sido. Ahora los esfuerzos se aúnan en una nueva campaña de recolección para terminar la pequeña casa, todavía en obra negra. Vos podés también poner tu granito de arena. Esto no es ningún correo masivo que pretende conmover al planeta: es un caso que conozco personalmente y en cuyos artífices confío. Podés colaborar haciendo más grande la ola, poniendo la siguiente imagen como widget en tu blog, o aportando con lo que podás en la cuenta de ahorros No: 24522355631 del banco Colmena a nombre de Catalina Restrepo.

Desde el sitio web de ConVerGentes, podremos estar al tanto de lo que vaya sucediendo con la cifra que se espera, y lo que se irá haciendo con ella.

Ésta es la imagen de la campaña. Clic para ir al post original de un ConVerGente

Ésta es la imagen de la campaña. Clic para ir al post original de un ConVerGente

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Howcast: un vademécum digital
noviembre 26, 2008, 5:39 am
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Howcast logo

Hablando con un amigo palestino, luego de no habernos visto por  un buen tiempo, me lanzó por Skype un vínculo así, de la nada, totalmente fuera del contexto de la conversación. Cuando lo abrí, el video se titulaba ‘Cómo besar creativamente’. Era un tutorial que explica paso a paso, con herramientas, tips y muy brevemente “how to” dar un beso de un modo… diferente.

Seguí ‘cacharreándole’ al sitio, buscando más videos interesantes, y me envicié. Es un sitio lleno de ‘how to’ lo-que-sea. No sólo los videos son breves, claros e ilustrativos, sino que tienen un breve toque de humor. En una plataforma similar a la de YouTube, pero mejorada, se muestra en la línea de tiempo un punto cada que hay un paso, un tip, y al final del video se da un ‘dato curioso’. Al lado derecho del vídeo se puede ver una versión ‘en diapositivas’ (llamémoslo un storyboard) de la pieza hipermedial.

No encontré ninguna referencia a Howcast en en.Wikipedia, así que supongo que es todavía relativamente nuevo. Mejor les dejo una breve selección de los que me gustaron en mi breve pesquisa, y los invito a que visiten el sitio… hay de todo.

Ah, y como estábamos hablando de proyectos con mi amigo, resulta que va a proponer un par de producciones para Howcast. Cuando sepa algo, haré la bulla.

:: How to kiss creatively ::

:: How to solve the most common thanksgiving dinner disasters ::

:: How to behave at a gallery ::



De Biella a Barcelona (parte II)
noviembre 20, 2008, 6:07 am
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De cómo empezó la odisea, un lugar caótico y otros hermosos…

Qué noche de perros esa. Llegué a la sala de estar de Cittadellarte, donde estaban algunos de los residentes, los que saldrían de viaje más tarde o no viajarían. Todos ya sabían lo que me había sucedido.  No sabían ni qué decirme… me miraban, con tristeza e indignación inocultables, golpeándome la espalda, sin decir nada. Hannah llegó con un par de cervezas para mí, “to cheer me up”, Sarah había comprado maíz en lata en el supermercado… unos días antes le había dicho en Esselunga que me gustaba mucho el sabor del maíz dulce. Fueron muy prudentes todos. No preguntaron, no hablaban del tema. Sabían que lo último en el mundo de lo que quería hablar era de aquel viaje fallido, aunque tampoco hubiera nada diferente de eso que pasara por mi cabeza.

Subí temprano a mi habitación, cosa rara. Dormí poco. Cuando ya estaba profundo, no sé durante cuánto tiempo, llegan a tocarme la puerta. Era Beatrice: – ¿Qué decidiste? Tu tren sale en 40 minutos -. Ya eran las 11 de la mañana. – Tienes que decidir ya, porque si no, no alcanzas -. – ¿Tengo tiempo de darme una ducha? -. –Sí, yo te llevo a la estación.
Salí de la ducha. Una vez más, la puerta. Era Yulia, una residente ucraniana. Se notaba que había subido las escalas rápidamente: estaba agitada, tenía la cara con un sutil sudor que brillaba sobre sus cejas y labios, y la tez más blanca de lo normal. – Daniel, por favor no lo hagas. Yo tengo amigos que han viajado sin documentos en tren, y una vez los coge la policía, pierden toda oportunidad de visa europea. Daniel, ellos hacen revisiones constantemente, no te arriesgues, no cierres tus puertas a Europa con tan solo la primera vez que se te abren -. La incertidumbre se volvió a apoderar de mí. Las cosas que podían pasar eran muchas, así otras personas me hubieran dicho que lo máximo sería que no me dejan llegar a mi destino y me devuelven para Italia… o para Colombia.

La decisión ya estaba tomada. No había vuelta de hoja. Me iba. Corría el riesgo. Le agradecí sinceramente a Yulia su preocupación, le dije que era algo que ya había decidido y que estaba dispuesto a correr el riesgo. Bajé, tomé mi equipaje que había dejado en la sala por el tedio de subirlo (y también por lo que simbólicamente acarreaba devolverlo a mi habitación), y me encontré con Beatrice en el parqueadero. Ella tiene uno de esos carritos chiquiticos, que no había visto en Colombia pero que en Italia, por causa de la casi imposibilidad de encontrar un lugar para parquear, estaban altamente en boga. En el camino, no hizo más que sonreírme, tranquilizarme, darme buena energía: – Cuando estés asoleándote en la Costa Brava me llamas -. Yo tenía un susto impresionante. Pero estaba contento. Sonreía porque era la primera aventura de mi vida, cuya tranquilidad hasta ese momento había rozado los bordes del tedio.

– Bueno, tienes el primer tren hasta Ventimiglia. Te tienes que pasar en Torino. Desde allá, haces el tiquete hasta Girona, porque desde acá no me dejaron hacer el tiquete internacional. Haces un tiquete que te lleva durante toda la noche hasta Montpellier, y de allí, mañana en la mañana, derechito para Girona, llegas al mediodía -. Yo apenas me estaba acostumbrando al sistema de trenes europeo… “tren a Torino, vía Santhià”, “tren a Ventimiglia vía Torino”, “tren a Girona vía Santhià, Torino, Ventimiglia, Niza, Port Bou y Figueres”. Un caos.

Suspiré, la abracé y la bendije, le agradecí, y tomé el primer tren: Biella – Santhià – Torino – Ventimiglia. Me había llevado un libro, ya ni recuerdo cuál. Édgar, el esposo de mi prima, me había dicho que su hermano había hecho lo mismo de viajar sin documentos, pero de Girona a una ciudad Alemana, y que con un libro en las manos no le pidieron nunca su pasaporte… ni siquiera el tiquete del tren. No leí mucho, qué va, pero ese libro siempre estuvo abierto enfrente de mí. Beatrice me había ya comprado yogurts, briosches, queso, jamón y agua, porque no había desayunado nada.

Esos trenes ni los sentí. Ya estaba en el que iba de Torino a Ventimiglia: el último antes de cruzar una frontera. Hasta ese momento, yo no estaba haciendo nada fuera de regla.  Ventimiglia es una ciudad relativamente pequeña, cerca de Genova, en la que se habla mucho francés además del italiano, por la cercanía a la frontera entre estos dos países. Sus paisajes son los mismos que la literatura cuenta del sur de Francia: montañas escarpadas, diminutas aglomeraciones de casas en lugares aparentemente imposibles de habitar, hondonadas inverosímiles y muchos túneles para los trenes. Cuando íbamos hacia allá, una señora que no hablaba sino francés me estaba pidiendo indicaciones… casi no doy con explicarle, hasta que recordé que alguien había dicho que hablar italiano con acento francés bastaba. Eso hice, y parece que funcionó, aunque no estoy de acuerdo con balbucear un idioma sin conocerlo, irrespetándolo. Al final la señora se pasó una estación, pero no fue por mi culpa.

Llegando a Ventimiglia
Llegué a Ventimiglia. Ahora la memoria empieza a fallarme… no recuerdo qué fue lo que pasó que no pude hacer el tiquete directo hasta Girona. El caso es que tenía que llegar a Niza, y allí hacer el tiquete para suelos catalanes. Tenía un par de horas antes de que saliera el tren para Francia, así que salí a conocer Ventimiglia, con tanto pavor por cometer un error y perder el tren, que no me alejé más de una cuadra. Pero fue suficiente. Al frente de la estación había una fuente sencillísima, pero el sol que presagiaba el verano de las costas al sur, le daba un brillo alucinante. Me sentía ya en Francia. Las facciones de los habitantes me daban esa sensación, como también lo hacían sus palabras. Estaba contento. Tranquilo, sobre todo. No sé por qué, pero así era. Me empezaba a dar cuenta de que los largos momentos de soledad generan un autoconocimiento increíble, me sentía contento en mi propia compañía, confiaba en mí mismo.

Me comí una hamburguesa, creo, y luego un helado. Incluso en la más lejana frontera italiana parece que sus helados son ambrosía. Me han hecho un daño inmenso, porque no podré jamás disfrutar de las delicias de un helado en otro lugar que no sea Italia. Volví a la estación como media hora antes de que saliera el tren, y esperé a que llegara. Cuando me monté, vi que era uno de esos de dos pisos, larguísimo, le cabía mucha gente. Tomé asiento, y esperé. Llegó la hora de partida, y nada. Ese tren petrificado. Diez minutos, y nada. Quince minutos, y llegó otro tren. Casi todos sus pasajeros, por mentir diciendo que la totalidad, se pasaron para el tren en el que yo estaba. No le cabía un alma a esas carrozas, que personificaron los tarritos de salchichas vienesas. Unos encima de otros, gentes de todos los colores, una torre de Babel en horizontal.

Foto durante el viaje. No era momento de salida o entrada.

Foto durante el viaje. No era momento de salida o entrada.

Arrancó ese aparato, y no fue mucho lo que pasó hasta semejante aparición: la Costa Azul. Yo estaba esperando ver el mar hasta llegar a Girona, en alguna de las playas de la Costa Brava, o en Barcelona; nunca me imaginé ver desde tan cerca esas aguas que ya había sobrevolado cuando iba de Madrid a Milano. Ahí sí que fui feliz. Un azul imposible, un cielo límpido, un sol que no quemaba pero que le daba al ambiente un toque anaranjado hermoso. Todo esto, disfrutado sólo desde lo que podía verse por la ventana del tren y los centenares de cuerpos que se atravesaban entre mis ojos y el exterior.

Llegué a Niza. Desde ese momento en adelante sé cuál es la personificación del caos. La estación de Niza estaba increíblemente atiborrada de gente, de ruidos, de olores, de movimiento, de gente corriendo, de información, de desinformación. Y yo, ni pisca de susto. No sé qué se hizo, pero no tenía más el miedo del principio. Ya había pasado la primera de dos fronteras que tenía que pasar. Ahora lo que tenía que comprar era el tiquete para llegar a Girona.

Bueno, hay que retomar lo de los horarios: salí de Biella como a las 11 de la mañana del viernes. A las 5 o 6 ya estaba en Ventimiglia, y a las 8 en Niza, todavía con un solazo hermoso. El tren salía de Niza a Montpellier a las 9 (creo), y no parecía haber modo de comprar el tiquete antes de una hora. Con lo tranquilo que estaba, y viendo que todo estaba saliendo bien, hasta ese momento, decidí que no había más que esperar que el destino siguiera mostrándome el camino. Siguiente paso, averiguar si se podía hacer algo que no fuera la fila, por el hecho de que el tren se fuera a ir: negativo. Segundo paso, hacer la fila como todos los cristianos.

Pasaron las 8:30, las 8:45, las 9:00, se fue el tren. Detrás de mí había una muchacha, creo que italiana. Era la última persona que el policía había dejado hacer la fila, porque luego cerraban las taquillas. Como que lo único que hacía falta era que se fuera mi tren, para que de la fila quilométrica pasara yo a ser el siguiente. –Un tiquete para Girona, España, por favor-. –Joven, el próximo es para mañana a las seis de la mañana-. –No importa-.

Salí de la estación. Ya estaba oscureciendo, como cuando en Medellín son las 6:15. Pero, ¿qué había acabado de hacer? Había decidido pasar la noche en Niza.



De Biella a Barcelona (parte I)
noviembre 19, 2008, 3:20 am
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Esto de retomar las actividades en un blog me hace recordar eso que decían en la Universidad sobre el temor a la hoja en blanco. Pues bien, confieso que me siento extraño, pero también siento la necesidad de contar… cosas, de contar sólo por hacerlo. Estos últimos meses han sido una locura. Tener la oportunidad de acercarse a la cultura europea siempre fue un deseo, y verlo convertirse en realidad es algo que todavía no asimilo.

Quisiera comenzar cronológicamente, eso me remontaría a hace un par de meses, cuando ni siquiera tenía tiempo ni, lo confieso, muchas ganas de bloguear.


La idea de Barcelona, el aeropuerto, lo que allí sucedió y la mañana siguiente…

Estando en Biella – Italia, haciendo parte de UNIDEE in Residence, un programa internacional de residencia multidisciplinaria, había hablado con mi prima que vive en Girona, al norte de Barcelona. La sola idea de verla de nuevo me alegraba, y más aún sabiendo que además iba a conocer una ciudad mundialmente conocida por su cultura, su arquitectura y sus playas. Un par de semanas antes había comprado los tiquetes con Ryanair, una aerolínea lowcost que tiene entre sus rutas Milano (Bergamo) y Barcelona (Girona). 120 euros ida y vuelta no eran nada comparados con lo que habría costado en tren, que sería lo mismo sólo la ida. Ah, pero hacían enfáticamente la aclaración de que NO DEVUELVEN DINERO por ningún motivo.

En fin, no me afectaba mucho esa advertencia, no tenía ningún inconveniente en cuanto a los documentos porque en la Questura (una parte de la ‘Polizia di Stato’ que “asegura el orden y la seguridad pública”) me habían dicho que con mostrar el documento que mostraba que estaba esperando el Permesso di Soggiorno (documento que reemplaza la visa), sólo esperándolo pero que ya me habían aceptado, no habría ningún problema.

Tren a Bergamo, que por cierto no es Milano pero ésta gente de Ryanair lo vende como tal, y luego el bus, que también lo administran ellos y vale tres o cuatro veces lo normal, y ya estaba en Orio al Serio, el aeropuerto de Bergamo. Por pura prevención, sabiendo que soy colombiano y que nuestro pasaporte es algo ‘problemático’, me había ido con unas tres o cuatro horas de antelación, “por si las moscas”. Sin embargo, el check-in sólo se podía hacer dos horas antes, entonces tuve que esperar un rato. Pasaron la hora y piquito que hacían falta, y me dirigí al check-in.

Una muchacha italiana, muy amable ella, me hizo pasar el equipaje por un lado para pesarlo, y me pidió pasaporte. Luego me pidió el Permesso di soggiorno, y yo le hice ver el documento que lo soportaba, como me dijeron en la Questura. Mirada de pena, ‘mi spiace ma con questo non puoi viaggiare’, y la hecatombe dentro de mí. Luego de un par de palabras con ella, muy amable todo hay que decirlo, me dijo que podía ir a hablar con la policía, en el segundo piso. Con el corazón a mil, todavía incrédulo y la esperanza de que se corrigiera el error, fui y toqué en la oficina de los policías.

Qué cosa tan rara. Los policías italianos son amables. Pero no pueden (o no quieren, no lo sé) hacer más de lo que dicen salírsele de las manos. “Ya les hemos dicho a los de Ryanair que no nos manden gente, que nosotros no podemos hacer nada”. Y vuelva y escuche ese “mi spiace, ma non possiamo fare niente”.

No lo podía creer. Al día siguiente era el cumpleaños de mi mamá, y la idea era que me viera al lado de una sobrina tan querida, desde tan lejos, los dos juntos. Ella ya sabía que iba para allá, pero no que nos iba a ver, gracias a aquello de una webcam y Skype o Messenger. No me aguanté, salí de la oficina de la policía pero me quedé en la sala de espera, totalmente desierta. Lloré. Mucho. Pero en silencio. No sé cuánto tiempo pasó. Para mí fue mucho, pero pudieron haber sido cinco minutos. Uno de los policías que escuchó mi historia iba a salir, y al verme en la sala de espera se devolvió a contarle al resto (otros dos, el que me atendió y otro que ni me miró desde su escritorio lejano) que ‘este muchacho todavía está aquí… y está llorando’.

Me hicieron volver a entrar. Me tranquilizaron. Me dieron agua. Tomé aire, y conté lo de la mamá, lo estaba guardando como última estrategia de conmoción (?). Hicieron cara de “qué cagada” y empezaron a buscar el modo de solucionar la situación. Que llamara a la embajada colombiana en Italia; que no, que está en Roma; que bueno, que entonces llame al consulado en Milano; que no, que están en huelga; que espere, que el policía conocía alguien en la embajada de España… llamaron a la conocida; nada, no era competencia de ellos.

Y vuelva y juegue con el “mi spiace, non so che cosa dirti”. Ya me iba yo a ir otra vez, con una cara que debía dar una profunda lástima, cuando uno de ellos dice, “¿y por qué no te vas en tren?”. Responde el otro (mirando al primero con algo de “¡quedate callado guevón!”), “eh… sí, en tren no te piden ningún documento”. Yo no hice más que sonreír por su buena voluntad, pero el bolsillito no aguantaba semejante inversión tan descomunal. Serían unos 250 euros, más o menos, por ida y vuelta. No. No había ninguna posibilidad.

Se los agradecí, para no hacerlos sentir ridículos con la sugerencia les dije que “de pronto me iba en tren”, pero ni siquiera existía como posibilidad. Me quedé un rato más en la sala de espera, esperando que esos ojos bajaran del rojo sangriento al rosadito de sueño, pero fue imposible. Salí de la sala de espera, hice un par de llamadas para informar a la Fundación de lo que había pasado, llamé a un amigo que vive en Milano para también comentarle, y me senté a pensar bobadas.

De la fundación intentaron hacer lo que pudieron, visto que la Questura dio información errónea, pero nada. Ya me había yo hecho a la idea del primer verano de mi vida… en Biella. Qué pereza. En el bus del aeropuerto a la estación de trenes (que no recuerdo el momento en que lo tomé) llamé a mi prima en Girona a decirle lo que había pasado. Luego a mi mamá, haciendo finta de que no estaba mal, que esas cosas pasaban. Menos mal me creyó. Luego mi prima me llama y me dice, “Daniel, esto iba a ser una sorpresa, pero te tenemos tiquetes para el partido del sábado en la noche entre el Barça y Boca”… Muchas gracias, prima, ahora me siento mucho mejor. No solo me iba a perder su compañía, la ciudad de Barcelona y todo lo que implica, sino también la posibilidad de conocer uno de los templos del fútbol mundial (que por cierto es bien difícil conocer en acción, dado que casi todas las entradas están reservadas por los integrantes del club, ciudadanos catalanes).

Y la idea del tren en mi cabeza… ah, era demasiado dinero. Ni hablar. Llegué a Biella, Beatrice me recogió en la estación. No parecía mucho, pero estaba destruido. En el camino de vuelta a Cittadellarte, me dijo que tranquilo, que me iba en tren. Yo me reí, le dije que esa no era una posibilidad. “¿Cómo está tu presupuesto para el proyecto en Cittadellarte?”. – “intacto”, dije. “Tranquilo, los tiquetes del tren no los pagas tú”.