Buen Punto…


Pensar en voz alta: un motivo para matar
julio 27, 2007, 2:47 pm
Filed under: Abad, Gómez, General, Héctor, Olvido, Seremos

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¿Quién dijo que pensar en voz alta es un crimen? Cuando el dolor natural en el alma de Héctor Abad Gómez, causado por la vil muerte, como él mismo la calificó, de su amigo Pedro Luís Valencia, se apoderó de su garganta, no pudo más que obedecer al nombre de su programa, transmitido por la Emisora Cultural Universidad de Antioquia: “pensó en voz alta”, oró en voz alta. Tuvo la valentía, que pocos han tenido, de transformar en palabras una verdad de dominio público: la enfermedad de nuestra sociedad. Una enfermedad que cumplía unos 40 años cuando salió de la boca del profesor Gómez, pero que, sumándole lo que ha pasado desde aquellos tristes días de la historia colombiana, va por los 60.

Yo no conocí a Héctor Abad Gómez. Es más: tuve conciencia de su existencia sólo hasta cuando leí El Olvido que seremos. Qué triste es que el título de este libro, escrito por su hijo Héctor Abad Faciolince, se evidencie en mi caso. Qué triste es que nuestra sociedad, además de esa belicosa enfermedad que mencionó Héctor Abad Gómez durante el último programa que grabó, también sufra de amnesia. Pero no una amnesia total, sino de esas que desaparecen a conveniencia. Porque, cuando se cumple el aniversario de cualquier suceso vergonzoso de nuestra historia, ahí sí, todos los medios se encargan de untarse los dedos con vinagre y sobar las heridas aún abiertas de la sociedad colombiana. Pero no cambiamos. Los problemas parecieran perennes. La violencia de nuestros días, que no La Violencia de los años 50, nos deja la duda de si aquella época de mediados del siglo XX, en que liberales y conservadores se acababan mutuamente, no ha terminado, sino que ahora los protagonistas son otros.

Escuchando la última emisión del programa “Pensando en Voz Alta” del profesor Gómez, transmitido en octubre de 1987, no puedo más que sentir vergüenza. Vergüenza de mí, por ignorante, porque sólo a mis 19 años (los mismos que habían pasado después del asesinato de Héctor Abad Gómez) me entero de un suceso tan aberrante, mientras que ya conocía lo sucedido en Hiroshima, Nagasaki, Guernica, la Plaza de Mayo, la muerte de Kennedy, y otros tantos hechos que no golpearon tan fuertemente las esperanzas de nuestra Nación.

Los traumas, en cualquiera de su concepción (médica, sicológica, sociológica, antropológica) ocasionan en las personas reacciones, generalmente, con algunas particularidades. Hay quienes se empecinan, se resignan a que “así somos nosotros”, “así es este país”; que saben que aquella no fue la única muerte de un líder del pueblo, que también sufrieron la de Galán, y luego la de cientos de anónimos, que pudieron o no haberse convertido en los portadores de ese estandarte que identifica a las personas capaces de cambiar el destino de una Nación entera. Cientos de jóvenes, que por participar activamente del movimiento estudiantil, tildamos de guerrilleros.

También están los nostálgicos: “las cosas no van a volver a ser como antes”, “todo tiempo pasado fue mejor”. Muy similares estos a los primeros, ya que resignan toda posibilidad de solución a un líder mesiánico, todopoderoso. Piensan que lo mejor (léase “lo más fácil”) es esperar la muerte sin que la violencia los toque muy de frente. Le entregan Colombia a las garras del demonio, solo porque, creen, ya no se puede hacer nada.

Por último estamos los pacifistas, optimistas y, si se quiere, tibios. Una posición supremamente rebatida y atacada, quizás insultada. De acomodado, facilista y tibio (¡Ay de los tibios! Más os habría valido ser fríos o calientes, mas porque sois tibios os vomitaré de mi boca”, dice la Biblia) son tratados los pacifistas, los mediadores. Así que propongo una nueva posición, si de adoptar una radical se trata: radicalmente pacifista, irreductiblemente optimista y extremadamente tibio.

Seguramente ese apasionamiento del que fue sujeto Héctor Abad Gómez por la total abolición de toda expresión de violencia, hizo que los mismos que le habían tildado de comunista, tomaran la decisión (como si esto fuera una competencia terrenal) de arrebatarle la vida. Seguramente Héctor Abad Gómez tenía total conciencia de que sus declaraciones, sobre todo por aquellos días, podrían acarrear consecuencias desastrosas, como las que, en efecto, ocasionaron; pero no pudo acallar los gemidos de su corazón. Los gemidos de un corazón que, como un estigma, encarnó el dolor de todo un pueblo. Un corazón que imperó en su pensamiento e hizo que las palabras dejaran de estar solo en la mente, hizo que la persona de Héctor Abad Gómez pensara en voz alta.

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Que bonito blog. Felicitaciones, ese perfil tuyo da muestra de que en la Facultad, por más que se empeñen, no deben de separar del todo los conocimientos de periodistas y comunicadores. Suerte en la vida, colega.

Comentario por Perla




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