Buen Punto…


Pacifismo, que no facilismo
julio 27, 2007, 2:28 pm
Filed under: Antanas, Facilismo, General, Libertad, Mockus, Pacifismo, Universidad

Antanas Mockus“Cuando todos nos muramos de viejos, el mundo será mejor”.

Héctor Abad Gómez

Qué difícil es ensayar partiendo de un texto con el que estás totalmente de acuerdo. O, más bien, qué facilista, o incluso pusilánime pareciera basar una diatriba en alabanzas. Pues en ese lío autocrítico me encuentro, no frente a una hoja en blanco, sino frente a una rellena de tachones, buscando una manera de no decir lo ya dicho.

Antanas Mockus, en su conferencia “Universidad y libertad” dejó un altísimo pico para los pacifistas empedernidos y optimistas a ultranza, entre quienes me incluyo, al proponer a la Universidad colombiana como el motor del cambio social y catalizadora de una perestroika a la colombiana.


Creo que quienes hacemos parte de la Academia tenemos claro que lo que difiere entre una discusión callejera y una académica, es que esta última (por lo menos sería lo ideal) está gobernada por el paradigma de la Razón, y que, en general, lo que convierte a la Universidad en una institución sui generis, es esa posibilidad de “enfrentarnos” sin “agredirnos”, de darnos cuenta de que es posible llegar a un puerto seguro para ambos bandos sin necesidad de acudir a la violencia.

Sin embargo, esta posición conciliadora y pacifista tiene su talón de Aquiles. He sufrido en carne propia (y no solo por acusación pública, sino también por la que hace el grillito del que habla Mockus) las desavenencias de las que también ha sido objeto el susodicho profesor. De acomodado, facilista y tibio (¡Ay de los tibios! Más os habría valido ser fríos o calientes, mas porque sois tibios os vomitaré de mi boca”, dice la Biblia) he sido tratado. Y, como lo dije más arriba, estos calificativos también me han llegado por parte del grillito de la conciencia: “¿será que sí estoy siendo facilista?, ¿no debería, más bien, adoptar una posición radical?”. Con lo anterior, además, me siento pusilánime por dudar de mis principios; así que decido adoptar una posición radical: radicalmente pacifista, irreductiblemente optimista y extremadamente tibio.

Ahora, aterrizar esta bella y romántica filosofía a lo que sucede en Colombia, específicamente al conflicto con las FARC, resulta una empresa de altísima complejidad. Poner en una balanza, de un lado, la soberanía de la Nación, y del otro la liberación de los secuestrados, pondría en aprietos a cualquier gobernante, aún al más probo. Además, teniendo en cuenta que el tan pedido “intercambio humanitario” (nombre con el cual tengo grandes discrepancias, sobre todo por el apellido) no garantiza el cese de crímenes de lesa humanidad, y que el rescate militar deja un alto grado de influencia a la suerte, poniendo en juego la vida de los secuestrados, la situación se torna aún más espinosa.

Confieso que desconozco la posición del profesor Mockus frente a esta situación, pero la mía, quizá por mi inmadurez, es de total estupefacción, abstinencia y, por qué no, negligencia.

Seguramente tenemos nuestras mentes tan cerradas a que es o “por las buenas” (sacrificando la soberanía y dando paso a la impunidad) o por las malas, que nos negamos a pensar en una tercera opción; la intervención de un organismo político internacional o transnacional se asoma como otra posibilidad, aunque con tantos contras como el “intercambio humanitario” y el rescate militar. Sobre todo, teniendo en cuenta que se trata con una organización totalmente descorazonada y, lo que es peor, con una buena imagen ante algunas comunidades del mundo. En fin, la discusión sobre el conflicto colombiano es tan delicada que, por más papel que gaste no daré con la solución, además ese no es el motivo de este ensayo.

Decido, entonces, pensar en esa crítica que le hacen algunos a las posiciones conciliadoras. Para mí el apelativo más ofensivo que se me ha dado es el de facilista. Me pregunto si quienes piensan de esta manera se han puesto en la tarea de buscar ese punto medio que no perjudique a ninguna parte, en salirse del conflicto y decir, “un momento, a ver qué es lo que está pasando”, pensar en qué es lo justo. Si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta de que no es nada fácil. Además, hay que pensar en si, más que facilista, esta posición realmente produce cambios. Recordando referentes de negociación de conflictos en nuestro país, me topo con aquel francés de la Organización de las Naciones Unidas, James Lemoine. Durante los acercamientos del gobierno de Andrés Pastrana con la cúpula de las FARC en San Vicente del Caguán, este francés y otros funcionarios de las Naciones Unidas intentaron facilitar esta aproximación entre el grupo armado y el gobierno colombiano.

Aunque aún era un niño, recuerdo una calurosa noche, cuando el sonido de las noticias de última hora paralizó, como era costumbre, las actividades cotidianas. Recuerdo también a mi padre explicándome que, con lo que estaban diciendo esos hombres, se ratificaba un pensamiento digno de la venerable sabiduría popular: que con esa gente no se puede negociar. Al menos eso fue lo que dijo mi padre y reiteraron algunos otros mayores a quienes escuché acotando sobre el tema.

En La Red se encuentran varias referencias a la obra de James Lemoine, en su mayoría favorables. Desafortunadamente para nosotros, el referente no será el mismo, ya que, como lo dijera algún humorista colombiano por aquellos días, el francés será recordado como James “Lenguá” (haciendo un juego de palabras con la pronunciación del apellido francés Lemoine: “Lemuán”), dejando claro que para negociar no basta con utilizar la lengua, hay que llegar a los actos.

Otro referente de negociación con grupos en Colombia es el del M-19. La diferencia entre este grupo y aquél, es que el M-19 no había llegado a un estado de aberración de los principios filosóficos tan extremo como al que han llegado las FARC. Además, para que el grupo armado al margen de la ley llegue a negociar debe encontrarse debilitado militarmente, como, en efecto, confirmó el M-19, mientras que las FARC tienen más de 40 años de fortalecimiento militar y conocimiento de las selvas colombianas, su arma más poderosa.

Entonces, ¿realmente la posición conciliadora está en capacidad de generar cambios de fondo, no solo de forma? Creo que sí, pero poniendo los puntos sobre las íes, no despejando alcahuetamente un pedazo del terreno colombiano, acolitando que se ejecuten allí toda clase de barbaridades.

Un aporte, en mi concepto, muy valioso que hace el profesor Mockus es pensar en la violencia colombiana a partir de lo micro: “creo que una partecita de la violencia colombiana se explica por debilidad de la violencia simbólica, la gente acude a veces a la violencia física, porque se quedó sin palabras, porque no tuvo una manera de defender su dignidad. El límite entre violencia simbólica y violencia física es muy frágil. Se necesita una especie de enorme pacto de caballeros y de enorme aprecio para decir vamos a guerrear muchísimo, pero guerreemos en el espacio de los símbolos”.

Como lo dice el profesor Mockus, lo difícil está en delimitar esa tenue línea que divide la violencia simbólica de la física. Para lograr que la sociedad colombiana esté en capacidad de llegar a hacer un “pacto de caballeros” como el que propone Mockus, es necesaria la educación. Es necesario que nos demos cuenta de que los problemas del país, al igual que sus soluciones, no son de forma sino de fondo; y como tales, deben forjarse con pilares firmes, que sólo son alcanzados con el fortalecimiento de los productos culturales que tenemos, la identidad nacional y el sentido de pertenencia. Todo lo anterior, no es alcanzable sino por una vía: la educación.

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